miércoles, 6 de mayo de 2015

La vida desde la ventana de un metro

Vengo de Nicaragua y comprendí finalmente que soy mestiza. Pero me siento muy orgullosa de mis raíces afrolatinoamericanas. Me gusta visibilizar aquello que estuvo silenciado por la sociedad y la historia oficial que reescarbé en mis estudios y curiosidades autodidactas.
No quiero parecer presuntuosa, pero tampoco quiero mentir. Viajé toda mi vida en transporte privado ya sea porque mi padre o mis hermanos los conducían o porque hoy por hoy mi esposo lo hace. Sin embargo hubo un corto período cuando estudiaba en la Universidad, que tuve que viajar en buses y a veces taxi. Recuerdo esa época con hambre. Porque pasé hambre muchas veces para cumplir con mis deberes de estudiante o simplemente por solidaridad con mi mejor amiga. Algunas veces, ella y concretamente su madre, me salvaron con refacciones de verduras, tubérculos y quesos que lejos de apenarme por sacarlos  en el lujoso cafetín de la Universidad me dieron tremendas satisfacciones.  Era la época de sopas maruchan, tortichips, café y sandwiches de pasta de pollo. La época de entender el poder y a los políticos. De sufrir la terrible historia del exterminio colonial y las dos guerras mundiales, el surgimiento de la ONU en los acuerdos de Bretton Woods, leer sobre las dictaduras y sufrir mucho por esas venas abiertas de América Latina que más allá de la autocrítica de su propio autor, realmente marcó el pensamiento de ciertos estudiantes que queríamos hacer la diferencia.
Me tocó enfrentar la muerte de mi padre estando en tercer año de mi carrera en Relaciones Internacionales. Pero “cuando un diablo te bota, un ángel te recoge”, yo tenía entonces el apoyo de mi madre quien a pesar de sus tristezas sacó a flote el barco de mi familia.
Pienso en todo eso, cuando se dan las 7:45 de la mañana y me toca caminar las dos cuadras “leonesas” desde el apartamento donde alquilo un cuarto, hasta la estación de Glenmont. Mientras me acomodo en el asiento y escucho la advertencia de “step back” (un paso atrás) porque las puertas se están cerrando para que el tren pueda partir, tomo conciencia que me encuentro en otro país, que estoy en Washington D.C. y que callados todos, como vamos cada mañana los multiculturales  ciudadanos que concurrimos en esta metrópoli, somos simplemente personas, un piélago humano integrando la maquinaria de las corporaciones e industrias, personas moviéndose, existiendo, yendo a diferentes direcciones. Haciendo que una nación poderosa e influyente como esta, esté viva.
Se me explicó una sola vez cuál línea tomaría (hay varios colores según la ruta que siga), dónde la tomaría, cómo pagar mi viaje, dónde bajarme, que ruta seguir hasta llegar a mi trabajo. Me perdí quizás unas tres o cuatro veces y daba vueltas sin encontrar el edificio, aterrada por llegar tarde, por abrir la boca y demostrar que estaba desorientada y temerosa de estar absurdamente perdida en la capital de los Estados Unidos. No era tan simple para mí que venía de mi casa en Nicaragua, de la costumbre de ser llevada por mi familia a todas partes a reaprender cómo tener sentido de la orientación por mí misma, como recordar las salidas a las calles, los números, los nombres, los iconos y sitios de referencia, aún si nunca se te pegó aquello del norte, el sur, el este y el oeste. Sudaba sangre al salir de casa y del trabajo. Hasta que aprendí. Perdiéndome como lo hice. Preguntando. Repasando los trucos que de buena fe me daban. Unos de una manera, otros de otra. Mis pies pagaron el precio con mis zapatos nuevos adheridos a la piel y en pleno frío otoñal. Me decían al principio que llevara mis libros y leyera de regreso a casa. Yo no me explicaba ¿cómo me pedían eso? Era inconcebible para mis nervios pensar en otra cosa que no fuera la próxima parada. Siete meses después del ejercicio de domesticar mis desordenados hábitos de persona “servida,” de “muñeca de sala,” puedo sentarme cómodamente, ahora sí, en la ventana del metro, sacar un libro, chatear, oír música, o simplemente diluirme en los cambiantes paisajes de mi ruta cotidiana.  
Claro, todos los días, igual que esos paisajes contemplo otros recuerdos, me sobrecogen otras ideas y escribo.

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